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Orientalismo en la pintura francesa

by Cuadernos Historia last modified 2013-02-27 22:41

 

A partir de las campañas francesas de Egipto (1798-1802) y de Argelia (1830), y más tarde con la apertura del canal de Suez (1869), Oriente resultaba más accesible para los galos y la fascinación con esos lugares y gentes tomó nuevos matices. Por un lado, el estudio de corte científico de esas culturas tuvo un nuevo empuje (por ejemplo, se “descubrió” la piedra de Rosetta, pieza tallada que permitió descifrar jeroglíficos egipcios). Además, la posibilidad de emprender viajes por esos territorios estimuló a los artistas, que en algunos casos acompañaron misiones diplomáticas o científicas, a describir lo visto e intentar representaciones más documentadas de Oriente. Este tipo de producción visual tuvo tal aceptación que, hacia mediados del siglo xix, la pintura orientalista abundaba en los salones anuales de París, y en 1893 se creó la Société des Peintres Orientalistes con Jean-Léon Gérôme como presidente honorario.

El auge durante el siglo xix de la pintura orientalista y del arte académico en general está ligado al nacimiento del público. En estos años se consolidó una instancia fundamental para la circulación pública de las artes visuales. Con la creación de los salones anuales, pinturas y esculturas se realizaban más allá de los encargos de la nobleza y podían verse fuera de las cortes. Ninguna otra forma de arte –enfatiza James Harding– ha sido admirada con tanta amplitud y entusiasmo como la pintura académica del siglo xix (salvo, tal vez, el cine en la sociedad contemporánea). Prueba de esto son las multitudes que asistían a las inauguraciones del Salón de París o a la Royal Academy en Londres, las discusiones álgidas publicadas en la prensa sobre tal o cual obra, las caricaturas basadas en los cuadros más controvertidos y la adulación pública de los pintores. Como vimos en el texto sobre los impresionismos, desde mediados del siglo xix surgía en Francia una pintura que escapaba a los cánones académicos para los temas y los estilos. Pero las obras de Gustave Courbet o, unos años más tarde, de los pintores impresionistas, eran apreciadas por un público especializado. En cambio, la pintura académica resultaba afín a un gusto más popular. En este sentido, los cuadros de temas orientales ofrecían, por medio tanto de un acabado minucioso de pincelada invisible como del preciosismo en las texturas y en los detalles “etnográficos”, una combinación de exotismo opulento y sensualidad. En la interpretación de Harding, el brillo de los colores del paisaje, la delicadeza resplandeciente de las figuras y de los arreglos sofisticados de los interiores ofrecían un escape temporario al paisaje gris y brumoso de una Europa del norte en pleno desarrollo industrial.

En verdad, el orientalismo fue restringido en términos geográficos: el este comenzaba en España con su memoria de la ocupación morisca y también en Grecia, donde pervivían los trazos de la dominación turca. La Tierra Santa fue otra fuente de materiales “auténticos” para los fondos de pinturas de temas bíblicos. Egipto y Argelia constituyeron otros dos lugares clave para la representación de esos sitios y gentes otras. Edward Said afirma que el orientalismo estaba vinculado a la “idea de Europa”, una noción colectiva que identificaba como “nosotros” a los europeos en contraste con “aquellos” no europeos. En efecto, durante el siglo xix, la edad de oro del colonialismo francés, tuvo lugar el clímax del ideal republicano nacido de la Revolución francesa. De este modo, el proceso histórico-cultural que Pierre Nora denomina la “invención de Francia” –esto es, la consolidación de una identidad en términos nacionales y republicanos– se basaba en una declaración universal de los derechos del hombre que no había incluido ni a las mujeres ni a los esclavos o colonizados. Said redobla la apuesta sosteniendo que, en buena medida, lo que hizo hegemónica esa cultura tanto dentro como fuera de Europa fue la idea de la superioridad de la identidad europea en relación con las culturas no europeas. Pero las ideas tuvieron su asidero y configuración en representaciones discursivas, literarias y visuales. Nos ocupan aquí estas últimas.